sábado, 17 de marzo de 2012

No quiero parirle esclavos

Hace meses que pienso en mi vida y proyecciones, lo cual es perfectamente normal al estar terminando mi carrera. Pero como nunca me ha nacido un miedo, uno que jamás había sentido. Completamente desconocido y extremadamente extraño, y no hablo del mundo laboral, de los dramas económicos o de hallar mi camino en la vida.
Mi miedo es tener hijos, los que desee tener al formar una familia, hoy me atemoriza su llegada. Y claro que es extraño por que hoy no tengo pareja alguna, y me he negado un poco a tenerla, quizás secretamente por este miedo.
Y hoy divagando entre el trabajo y mis pensamiento me encuentro con que ese miedo se funda en lo que día a día ha pasado más allá de mi ventana. Cada marcha, protesta, manifestación, donde no importa si son niños, mujeres o ancianos, la brutalidad llega de manos de quien supuestamente nos protegen. Y como no es suficiente quienes nos gobiernas superponen sus intereses por sobre los de nuestro país.
Pescadores, dueñas de casa y pobladores cansados de sufrir alzan la voz y son terroristas, vivir la opción sexual abiertamente deja en coma a un joven sin alguna razón.
Para peor, esto no solo es en Chile...
Y ahí me detengo y entiendo la raíz de mi miedo y solo lo puedo explicar con el fragmento de un libro que me representa mucho:


"Nos negamos a parir.
Después de meses de recios combates, uno tras otro morían los guerreros. Vimos nuestras aldeas arrasadas, nuestras tierras entregadas a nuevos dueños, nuestra gente obligada a trabajar como esclava para los encomenderos. Vimos a los jóvenes púberes separados de sus madres, enviados a trabajos forzados, o a los barcos desde donde nunca regresaban. A los guerreros capturados se les sometía a los más crueles suplicios: los despedazaban los perros o morían descuartizados por los caballos.
Desertaban hombres de nuestros campamentos. Sigilosos desaparecían en la oscuridad, resignados para siempre a la suerte de los esclavos.
Los españoles quemaron nuestros templos; hicieron hogueras gigantescas donde ardieron los códices sagrados de nuestra historia; una red de agujeros era nuestra herencia.
Tuvimos que retirarnos a las tierras profundas, altas y selváticas del norte, a las cuevas en las faldas de los volcanes. Allí recorrimos las comarcas buscando hombres que quisieran luchar, preparábamos lanzas, fabricábamos arcos y flechas, recuperábamos fuerzas para lanzarnos de nuevo al combate.
Yo recibí noticias de las mujeres de Taguzgalpa. Habían decidido no acostarse más con sus hombres. No querían parirles esclavos a los españoles.
Aquella noche era de luna llena; noche de concebir. Lo sentí en el ardor de mi vientre, en la suavidad de mi piel, en el deseo profundo de Yarince.
Regresó de la caza con una iguana grande, color de hojas secas. El fuego estaba encendido y la cueva iluminada de rojos resplandores. Se acercó después de comer. Acarició el costado de mi cadera. Vi sus ojos encendidos en los que se reflejaban las llamas de la hoguera.
Quité su mano de mi costado y me resbalé más lejos, hacia el fondo de la cueva. Yarince vino hacia mí creyendo que se trataba de un juego para excitar más su deseo. Me besó sabiendo cómo sus besos eran pulque jugoso en mis labios; me emborrachaban.
Lo besé. En mí surgían imágenes, agua de los estanques, tiernas escenas, sueños de más de una noche: un niño guerrero, rebelde, inclaudicable, que nos prolongara, que se pareciera a los dos, que fuera un injerto de los dos cargando las más dulces miradas de ambos.
Me aparté antes de que sus labios me vencieran.
Dije: No, Yarince, no. Y luego dije "no" de nuevo y dije lo de las mujeres de Taguzgalpa, de mi tribu: no queríamos hijos para las encomiendas, hijos para las construcciones, para los barcos; hijos para morir despedazados por los perros si eran valientes y guerreros.
Me miró con ojos enloquecidos. Retrocedió. Me miró y fue saliendo de la cueva, mirándome cual si hubiese visto una aparición terrible. Luego corrió hacia afuera y hubo silencio. Sólo se escuchaba el crepitar de las ramas en la hoguera, muñéndose encendidas.
Más tarde escuché los aullidos de lobo de mi hombre.
Y más tarde aún regresó arañado de espinas.
Esa noche lloramos abrazados, conteniendo el deseo de nuestros cuerpos, envueltos en un pesado rebozo de tristeza.
Nos negamos la vida, la prolongación, la germinación de las semillas.
¡Cómo me duele la tierra de las raíces sólo de recordarlo!
No sé si llueve o lloro."

Mujer Habitada, Gioconda Veli.